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domingo, 6 de enero de 2013

El autor de Oliver Twist.

Charles Dickens (1812-1870) es el autor más importante y popular de la novela "victoriana", y uno de los autores ingleses que más siguen interesando hoy, bien a través de sus novelas o de las adaptaciones cinematográficas de las mismas. Ya conoces los títulos de algunas de sus novelas, que responden a las siguientes características generales:
  • El procedimiento más habitual en la publicación de sus novelas fue la entrega mensual (unas treinta páginas, con un par de ilustraciones) a lo largo de dos años, lo que creaba una gran expectación entre el público lector que además influía con sus apetencias y reacciones en el desarrollo de la obra.
  • El secreto de su popularidad está en la inmensa vitalidad que tienen sus personajes y en la creación de un mundo único que, aunque no refleja exactamente la realidad, tiene sus propias leyes, su lógica y una atmósfera muy especial. Su lugar habitual es Londres, una ciudad que más que real parece una pesadilla: llena de prisiones, oficinas de jueces, tabernas, oscuridad y niebla, pero todo ello pleno de vitalidad.
  • Los personajes son divertidos y en muchos casos son exageraciones, caricaturas de una cualidad humana: como Mr. Micawber en David Copperfield. personificación del optimismo o Mr. Squeers en Nicholas Nickleby, una especie de monstruo a la vez ignorante y tirano.
  • El origen de los temas de varias de sus novelas está en la injusticia social. Dickens mostró su preocupación por la pobreza e injusticias causadas por la industrialización, sin embargo, no creyó que la solución estuviera en realizar cambios legislativos ,sino en una variación en la actitud personal, individual, filantrópica, en ayudarnos unos a otros, mostrando más generosidad y amabilidad.

sábado, 5 de enero de 2013

Londres y Dickens.

En el período comprendido entre las guerras napoleónicas y la coronación de la Reina Victoria, el Londres que nos describe Boz, seudónimo con el que Dickens firmaba sus artículos, era más que el mundo cubierto de niebla, una ciudad pobre pero digna de apariencia, plagada de oficinistas, panaderos cubiertos de hollín y sacristanes resfriados. Se estaba convirtiendo en la gran metrópoli del planeta, como cuenta A. N. Wilson en su imprescindible semblanza urbana de la capital del Támesis. Su población crecía por encima de cualquier previsión: de los 865.000 habitantes que tenía a principios del siglo XIX aumentó a un millón y medio. Lo que no se llevaba el hambre, iba al otro barrio por culpa de la insalubridad que se respiraba en las calles: el río era, como lo describió el propio Disraeli, «una charca estigia con horrorres indescriptibles e insoportables». De ahí surge el elenco dickensiano: sacabultos del río, ladrones de cadáveres, deshollinadores, pescaderos, pasantes de bufete ávidos por medrar o por salvarse de la humillación cotidiana, bedeles, propietarias de casas de huéspedes y de burdeles, niños harapientos que parecen ratas atemorizadas, etcétera.

En sus sketches, Boz relata esa vida, producto de patear las calles de Londres por el día y por la noche, como el febril y desquiciado maestro de Our mutual friend (Nuestro común amigo), con la libreta en la mano, sin perder detalle. Scotland Yard, la prisión de Newgate, los Vauxhall Gardens, el «espléndido» anfiteatro Ashley; Wapping Workhouse, «horrible edificio de moda»; Greenwich Fair, «una fiebre de tres días que hiela la sangre los seis meses siguientes»; los gin shops de Saint Giles, Holborn y Covent Garden, «la suciedad de las grandes arterias es mayor que la de cualquier otro lugar de la ciudad».

Londres aterraba por su miseria y a la vez era la ciudad más poderosa; a ella y a Dickens se debe el más maravilloso retrato de la humanidad del siglo XIX.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Máis orfos.

Los huérfanos



"Mais eu de quen quería falar precisamente era de Isolina. De Isolina González... É a historia de Isolina. A nena de Maniños á que levaron con dous anos ao orfanato de Ferrol, en 1947. O pai, Xaime Vizoso, era un antifascista e foi asasinado ese ano por esbirros de Franco. Levárono camiño do cemiterio de Barallobre. Torturárono até o linde da tortura. Cortáronlle os dedos e metéronllos nos petos. Despezárono. Cando morreu, estaba feito cachizas, como o ceo do que fala Lorca en Oficina e denuncia. Un home esnacado na luxación da noite. A nai non puido soportar aquel martirio e morreu ao puco, despois de perder tamén a crianza que levaba no ventre. E Isolina foi ao orfanato cun irmán pequeno, nin andaba o neno. "Era un abrazo, tiña o tamaño dun abrazo", dime Isolina. Alí estivo, naquel lugar de medo, de ocultación, até os 18 anos. Traballaba como unha escrava, apenas lle aprenderon a ler e escribir. Todo o día traballaba Isolina, secadra a mellor costureira do mundo sen sabelo. Facía bordados imposíbeis e zurcidos invisíbeis. Facía o que ninguén sabía: enfiar o chiffon dos veos das monxas. Fixo un mantel para a casa da muller dun capitán xeneral e deseñado para cen convidados. E fixo tamén as cen servilletas ben bordadas coas mesmas cores da cerámica inglesa da vaixela. Isolina só podía ver o exterior por un ventano. Era como o ollo do cosmos, que daba a luz. Así é a ollada de Isolina. O que di dá luz. A súa boca é a da literatura. Por ela fala a condición humana.
Aos 18 anos puido partir para Estados Unidos porque alí tiña familia emigrante que á fin a acolleu. Casou. Tivo cinco fillos. As que ela pasou! Unha versión galega d'As cinzas de Ánxela. O apelido González, venlle da voda cun portorriqueño. Volveu a Galicia, á Coruña. Os fillos eran cidadáns norteamericanos. Co tempo, o maior volvería a América. Pasou mil traballos, mais quería ser médico e á fin entrou na universidade máis prestixiosa, un lugar de culto para a mediciña americana: Harvard. Tamén Isolina volveu a USA. Esta vez non para pasar calamidades, senón para estudar. Pasou por Brooklyn College con éxito. Agora estase a doctorar na City University of New York. Os seus estudos abranguen toda a literatura peninsular e Latinoamericana. O fillo médico pagou os estudos de literatura á nai. E a nai ten unha misión na cabeza: escribir a historia de todos aqueles que ela coñeceu e non a pudieron escribir." (MANUEL RIVAS: A galega de Manhattan. El País, ed. Galicia, Galicia, 24/10/2008, p. 8)

La Cerillera. Hans Christian Andersen.

 


Hans Christian Andersen escribió hace muchos años este bello, triste y emotivo cuento situado en la noche de San Silvestre. Una historia que nos recuerda que jamás debemos perder la ilusión por conseguir aquello que anhelamos.

Era la noche de San Silvestre, la última noche del año. Todo el mundo en la ciudad se apresuraba para llegar pronto a sus casas y refugiarse del frío y la nieve. Iban muy abrigados, y algunos llevaban regalos de Navidad. Tras los cristales ardía la leña en las chimeneas y había agradables aromas de los manjares preparados para la cena de aquella noche.

En medio del ir y venir, un pequeña chiquilla vendía fósforos para ganar algo con que comprar siquiera un pedazo de pan. - Compren fósforos, lo mejor para encender fuego. ¡Compre cerillas, señor! Pero la gente apenas escuchaba su débil voz y desde luego, por nada del mundo sacarían las manos de sus tibios bolsillos con el frío que hacía.

Poco a poco, la noche se fue acercando y la calle se quedó desierta. -¡Fósforos, fósforos! ¡Cerillas para la lumbre! –Pero la pobre cerillera pronto comprendió que no vendería nada más aquel día. Terminó pronto de contar las escasísimas ganancias. No podía volver así a su casa: sin llevar consigo algo de alimento para su familia.

Pensó que quizá sus padres se enfadaran con ella por no haber sido capaz de vender más, eran tan pobres y tantas bocas que alimentar, que la más mínima cantidad marcaba una gran diferencia. ¡Si por lo menos no hiciera tanto frío! Tenía los deditos entumecidos, la nariz helada y le dolía mucho la garganta. Si se atreviera a encender una cerilla, sentiría un poco de calor...

Al fin y al cabo, en su casa haría el mismo frío que en la calle, pues durante todo el invierno el agua de lluvia se había abierto camino entre las rendijas del tejado, formando goteras y el viento soplaba a través de lo cartones que formaban las paredes de su humilde casita. Se refugió en la esquina que formaban dos casas muy elegantes y con mucho cuidado para no destaparse, encendió un fósforo.

Y la luz del fósforo al arder le mostró una acogedora estancia donde ardía el cálido fuego de la chimenea al lado de una mesa con humeante comida. Las llamas se reflejaban en las paredes creando figuras danzarinas y la pobre cerillera incluso podía sentir el calor de una manta sobre sus rodillas. Al apagarse, la niña volvió a la oscura y fría realidad.

-Si pudiera ser todo el rato así...- Se lamentó la chiquilla –Encender otro fósforo no marcará ninguna diferencia, y sin embargo es tan agradable su luz... Y procedió a prender la llama que esta vez le mostró un salón bellamente adornado, con un árbol de navidad adornado con infinidad de pequeñas velitas centelleantes. Bajo él, los regalos esperando a ser abiertos por niños ilusionados.

Al apagarse el segundo fósforo, la pequeña volvió a sentirse sola, en la noche acariciada por los copos de nieve que caían sin cesar, casi a oscuras, sentada en la calle y aterida de frío. - Encenderé otra cerilla – decidió la niña, pues las ilusiones que le brindaba la luz conseguían apartarla, siquiera por un momento, de la insensible realidad

Y así lo hizo, sostuvo la madera encendida delante de sus ojos y esta vez se vio a sí misma sentada a la agradable mesa al lado de la chimenea, tomando una sopa caliente que reconfortó su enfermo cuerpo. Y también era ella la que se acercó al majestuoso árbol de navidad para abrir los regalos que en su corta vida nunca había recibido.

Tan agradable y tan nueva era la sensación para la chiquilla, tan gratificante sentir el calor del hogar, que esta vez, cuando se consumió la cerilla, sólo quedó junto a la esquina de las elegantes casas el pequeño cuerpecito de la vendedora de fósforos, pues su alma se negó a regresar a esa realidad que la había ignorado hasta el momento

martes, 11 de diciembre de 2012

La historia de Asunción

Nací en la calle Camino de la Iglesia, en Monelos, donde residía mi familia, formada por mis padres, Pepe e Isabel, y mi hermano Emilio. Mi único colegio fue el de La Milagrosa, donde también estaba la Casa Cuna, al comienzo de la antigua carretera de Carballo, en donde estudié hasta los ocho años, puesto que mi madre se vio obligada a ingresarme allí al poco tiempo de haber nacido porque no podía mantenerme.
Asunción, en primer planoDurante todos esos años, sólo la pude ver cuando me hacía visitas y la única familia que tuve fueron los niños y niñas que se criaron conmigo en la Casa Cuna, con quienes jugaba a la mariola, la cuerda y el aro de madera. El resto del tiempo lo pasábamos estudiando y pensando en que nos sacaran de paseo para poder conocer algo del exterior.
Recuerdo que algunos días nos llevaban andando en fila hasta los jardines de Méndez Núñez, lo que para nosotras era una distancia muy grande, ya que la Casa Cuna estaba entonces muy alejada del centro de la ciudad y detrás de ella estaba la antigua Granja Agrícola, por lo que por allí solo pasaban unos pocos coches, los camiones del Ejército y el trolebús de Carballo.
Cuando nos llevaban a los jardines, nos daban una bolsita de trapo con la merienda que muchas veces ya nos comíamos por el camino, aunque otras nos obligaban a tomarla sentadas ya en el centro, acompañadas por las monjas y sin poder movernos de aquel lugar, ya que si nos perdíamos de vista nos castigaban.
Cuando cumplí los ocho años tuve la suerte de que mis tíos de Madrid, Ramón y Lola, me sacaron de la Casa Cuna y me criaron, por lo que puedo decir que desde ese momento fueron mis verdaderos padres. Durante los años que viví en Madrid trabajé como aprendiz en un laboratorio de perfumes y, como mis tíos, no quisieron que dejara de ver a mi madre, me mandaban todos los años a pasar unos días a su casa.
Una de esas visitas me valió para conocer a un amigo de la infancia del cual no me acordaba, Juan Gestal Riveiro, quien después se convertiría en mi marido. Mi reencuentro con él se produjo cuando sacudía una alfombra en la ventana y no me enteré de que él pasaba por debajo, por lo que me llamó la atención y al verme me preguntó si me acordaba de él, ya que algunas veces había ido con su madre y la mía a visitarme a la Casa Cuna.
Aquel momento fue el comienzo de nuestra relación, que poco tiempo después nos llevaría hasta el altar, tras lo que llevamos más de 40 años casados de total felicidad, en los que hemos tenido dos hijas, Yolanda y María Elena. Gracias a estos años, pude olvidar los malos momentos que viví en mi niñez en la Casa Cuna, hasta que mis tíos me sacaron de allí.
Asunción y su esposo, JuanDurante todos estos años hemos seguido viéndonos con mis antiguas amigas del colegio y de la Casa Cuna, como Andrea, Mari Luz, Mari Carmen, Tere, Dorinda, Cristina, María, Belén, Carmiña y Fina, con quienes me une una gran amistad y con las que me veo casi todos los fines de semana.
En nuestra juventud pasábamos los fines de semana en los bailes del Finisterre, Círculo de Artesanos, La Granja y El Seijal, tanto en invierno como en verano, aunque en esa temporada también acudíamos en pandilla a La Solana y a la playa de Santa Cristina. Cuando paseábamos por los calles de los vinos nos pasábamos unos buenos ratos en bares como La Bombilla, Siete Puertas, Otero, Oasis y Victoria, que siempre estaban llenos de gente, por lo que había que espabilarse para conseguir una mesa, en la que después nos pasábamos toda la tarde contándonos las cosas que nos pasaban a diario.
Durante mi noviazgo, como vivíamos cerca del cine Monelos, acudíamos al mismo casi todos los días, ya que era un cine de barrio muy acogedor y cada dos días después cambiaba de película. En Semana Santa, aprovechábamos para hacer entre todos una excursión a Sevilla para vivir de cerca las procesiones. Lo peor era el viaje en autocar hasta allí, porque se tardaban muchas horas en llegar y lo hacíamos baldados.
Una vez casada, mi marido no quiso que trabajara y, como tenía mucho tiempo libre, algunas de mis amigas me convencieron para que entrara en la coral de la que formaban parte, en la que sigo después de más de veinte años.
El texto procede de ; http://blog.laopinioncoruna.es/laciudadquevivi/2010/06/27/una-infancia-en-la-casa-cuna/

Zapatones

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"Me fastidia mucho que algunos digan que he sido un ladrón y que bebo demasiado. Les pido respeto". Zapatones pronuncia estas palabras frente a una periodista de EL CORREO GALLEGO. "No quiero ocultar nada. He sido un crápula, y he estado en la cárcel", dice. Y así comienza esta entrevista al que, seguramente, es el vecino de Compostela más famoso del mundo, aunque sean realmente muy pocos los que le conozcan de verdad.
- ¿Cuál es tu nombre?
- Juan Carlos Lama Basas.
- ¿En dónde has nacido?
- Creo que fue en Puente del Puerto, un pueblo que pertenece al ayuntamiento de Camariñas.
- ¿No lo sabes seguro?
- Me abandonaron cuando era un bebé. A una edad ya prudente empecé a investigar quiénes podrían ser mis padres, y creo que nací en este lugar en el año 1954. Mi madre, al parecer, se dedicaba a vender pescado, aunque nunca lo sabré con certeza. En mi carné de indentidad pone que soy hijo de José y María.
- ¿Quién te recogió?
- Me llevaron a la Casa Cuna de A Coruña, que era de las Hermanitas de La Caridad. Estuve hasta los seis años, y después me trasladaron al colegio de los Salesianos en la ciudad herculina y, después, a la de Cambados. En este último lugar, como no era buen estudiante, trabajé en las vaquerizas, las viñas y el campo. Los religiosos también me consiguieron trabajo como camarero en un restaurante muy famoso por entonces, el Fariña, que ahora ya no existe. Le agradezco mucho a mi madre que no me haya tirado a un contenedor, y a los Salesianos todo lo que han hecho por mí. Estuve con ellos hasta que me fui a la mili. Fueron mis auténticos padres.
- ¿Y por qué dices que eras un crápula. Qué has hecho?
- Estuve en la cárcel. He robado algunas veces dinero, y lo reconozco, aunque siempre fue al despiste. Nunca amenacé ni le causé daño a nadie. No sé por qué lo hice, sería cosas de niños... Pero también tengo que decir que en otras ocasiones he pagado delitos sin ser el culpable. Me acusaron sin razón. También estuve en la prisión militar de A Coruña por desacato.
- ¿Por qué, que pasó?
- En la mili tenía un sargento prepotente que me atacaba por no tener padres ni recursos, y un día me encaré con él. Me condenaron a cuatro años, aunque me indultaron antes de un año.
- ¿Cómo llegaste a convertirte en el peregrino Zapatones?
- Cuando trabajaba en el restaurante Fariña hice mi primera peregrinación con el hijo de los dueños del local. Fue un solo día, y desde Cambados, pero me atrapó. Después, al salir de la cárcel militar, andaba de parra en parra, y un día en Santiago, mirando a la Catedral, lo pensé. Resulta que Daniel Otero, un comerciante que estaba cerca de Platerías, tenía un muñeco vestido de peregrino. Le pedí el traje, y así fue... Una de sus nueras, Marisa, me decía "eres un zapatones", y me gustó. De este modo logré ganarme honradamente la vida y empecé a sentir que la sociedad me abría, por fin, las puertas. No pedía nada, pero la gente me daba dinero por hacerse fotos conmigo, y me dejé la barba