viernes, 26 de octubre de 2012

Instinto

Había acabado con la última conserva del refugio.
La serpiente se había tragado el último ratón. Lustrosa y grande, tendría para un mes si la racionaba bien. Agarré el machete y levanté el brazo. Estaba hermosa, dormida, enrollada como una concha de caracol. Imaginarme solo el resto de mi corta existencia, bajo la bóveda de hormigón, me hizo abandonar.
No sé cuánto llevamos sin alimento. Yo no puedo ni incorporarme en la cama, en cambio, a ella la oigo arrastrarse. Se detiene, se yergue, saca la lengua y me mira de frente. Debería aceptarlo, pero no puedo. Mi mano, débil y temblorosa, busca el machete sobre la desvencijada mesilla.
   Lola Sanabria

 

A coruña y la viruela,


'Los hijos del cielo' (Ediciones Martínez Roca), de Luis Miguel Ariza, se publicará en febrero.

El 16 de septiembre de 1805, un médico alicantino llamado Xavier Balmis logró llegar a las costas de Macao en un frágil junco chino con tres niños huérfanos en sus brazos, que contenían en sus cuerpos una valiosa vacuna contra las viruelas. Balmis, que ya superaba los cincuenta, se había salvado de milagro. El barco portugués de alquiler que le condujo hasta aquella penúltima etapa de su largo viaje había sido destruido por un tifón, llevándose la vida de 20 hombres. Pero la voluntad de hierro de Balmis le permitió seguir adelante hasta el final. "En el momento, arrostrando los eminentes riesgos de piratas y ladrones chinos que inundan estos mares, verifiqué mi desembarco en una pequeña canoa, llevando en mis brazos a los niños, con lo que aseguramos nuestras vidas y la preciosa vacuna", escribiría después en una carta. Habían transcurrido casi dos años desde aquel 30 de noviembre de 1803, cuando partió del puerto de A Coruña a bordo de la corbeta María Pita con un sueño: viajar alrededor del mundo para hacer llegar la vacuna contra la viruela, la enfermedad que más seres humanos ha matado a lo largo de la historia, a las colonias españolas del Nuevo Mundo, cruzando después el Pacífico hasta el continente asiático.

El transporte de un fluido tan delicado como la vacuna de un continente a otro, en penosas travesías marinas que duraban meses, sin electricidad para mantener la cadena del frío, se antojaba insuperable. Y sin embargo, Balmis lo logró, sirviéndose de un centenar de niños huérfanos; sus cuerpos funcionaron como correas de transmisión y llevaron la ansiada vacuna alrededor del mundo hasta alcanzar el misterioso continente chino.

La historia de su expedición, mezcla perfecta de filantropía y militar, está llena de éxitos y tragedias, de dificultades y enfermedades, de incomprensión y de peligros, y de pérdidas irremediables. En el viaje de partida de A Coruña hasta Puerto Rico, Balmis embarcó a 22 huérfanos, de los que murieron dos, Tomás Metitón y Juan Antonio, de tres y cinco años. El doctor llegó en poco más de un mes a Puerto Rico, perdería una vida más durante su viaje al Caribe, hasta llegar a Venezuela, Cuba, Yucatán, México y Filipinas, para después arribar a Macao y Cantón antes de regresar a España. Pero su expedición se había partido en dos al alcanzar el Nuevo Mundo.

El subdirector de la expedición, el cirujano José Salvany, prosiguió las labores de vacunación en el continente suramericano, recorriendo toda la cornisa occidental de Suramérica. Murió enfermo en Bolivia (la antigua Cochabamba) después de perder un ojo, siete años después, en 1810. En tiempos de guerra con Inglaterra, Balmis y sus hombres tuvieron que hacer frente a los peligros de los piratas, los naufragios y temporales, a soportar que sus niños fueran en ocasiones abandonados en hospicios, orfanatos y hospitales por culpa de la incomprensión de los políticos, así como de los prejuicios de los religiosos, que se oponían a la vacunación.

El uso de huérfanos como correo resultó una idea tan ingeniosa que incluso hoy en día sorprende a los expertos. Charles Arntzen, investigador pionero de la Universidad de Arizona que explora nuevas formas de vacunas biotecnológicas inyectadas en alimentos y plantas para superar la cadena del frío, lo considera una "idea fascinante" para la época. Los niños de corta edad resultaban idóneos ya que la vacuna prendía en ellos con más facilidad; con una lanceta impregnada del fluido se les realizaba una incisión superficial en el hombro, y unos diez días después surgían un puñado de granos -los granos vacuníferos- que exhalaban el valioso fluido antes de secarse definitivamente. Era el momento de traspasar la vacuna a otro niño. Balmis vacunaba dos niños cada vez para asegurarse de que esta cadena humana no se rompiera. De esta forma, los niños suponían el auténtico motor de la expedición, la "gasolina" que hacía avanzar la empresa. "Su expedición es la más importante aportación española a la historia de la salud pública", asegura Guillermo Olagüe, catedrático de Historia de la Ciencia de la Universidad de Granada.

El enemigo a batir era el más terrible de todos. Bautizada como "el peor ministro de la muerte", un rápido vistazo a los estragos de la viruela ilustran el enorme calado de la aventura emprendida por Balmis. El virus se cebaba fundamentalmente en niños menores de diez años, aunque atacaba a cualquier edad. Muchos de los que sobrevivían -su mortalidad era del 30%- quedaban ciegos y con rostros marcados de por vida. Una forma más rara producía hemorragias y era tan letal como el Ébola, matando al 90% de los infectados.

Las viruelas han escrito episodios catastróficos en una película de terror que empezó hace 12.000 años, a juzgar por algunas especulaciones que sitúan la aparición del virus en algún punto de África o India; una cuarta parte del Ejército ateniense en el año 430 antes de Cristo, en su lucha con Esparta, cayó bajo su guadaña; entre tres y siete millones de romanos murieron por su culpa en los primeros días del imperio. Cuando los conquistadores españoles dirigidos por Hernán Cortés trajeron inadvertidamente el mal al imperio azteca en 1519 el virus produjo una carnicería, acabando quizá con la mitad de la población azteca -estimada en treinta millones- en apenas unos meses. Incluso en la era moderna, en pleno siglo XX, las viruelas mataron a 300 millones de personas.

Poco más de siete años antes de la partida de la expedición, en julio de 1796, el médico inglés Edward Jenner había observado que las vaqueras quedaban protegidas del mal al desarrollar en sus manos unas pústulas benignas cuando ordeñaban a las vacas infectadas por las viruelas vacunas, y comprobó el hecho en un muchacho. La "vacuna" fue el hallazgo más importante quizá de la medicina. En palabras del catedrático Olagüe, "se extendió como un arma preventiva por Francia, España e Italia". Sin embargo, centenares de miles de personas sucumbían en las colonias españolas del Nuevo Mundo y otros muchos lugares donde el remedio no llegaba con la necesaria urgencia, o en malas condiciones, atrapado entre cristales. Se pensó incluso en embarcar las vacas enfermas. Pero Balmis, cirujano honorario de cámara de Carlos IV, propuso ingeniosamente el uso de huérfanos y el rey dio su beneplácito. La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna se puso en marcha.

Pero el problema logístico era pese a todo de un calado enorme. Los niños, una vez vacunados, ya no podían emplearse de nuevo en la cadena de transmisión, por lo que, en cada nueva etapa, Balmis se veía obligado a reclutar a más de ellos. ¿Qué padre de familia prestaría a su hijo para una empresa así? El único recurso era buscar expósitos en las casas de huérfanos, y aun así las dificultades eran grandes. Para alcanzar el puerto de Sisal (Yucatán) desde Cuba, Balmis tuvo que comprar tres esclavas negras y un niño tamborilero, a razón de cincuenta pesos cada uno. Y en el viaje rumbo a Filipinas, con 26 niños vacuníferos y la rectora Isabel de Sendales (que le acompañó hasta esta etapa), los pequeños tuvieron que soportar durísimas condiciones, tirados en el suelo, "con grandes ratas que les atemorizaban, y golpeándose unos a otros con los vaivenes", según los registros.

Balmis no escribió ningún diario sobre su aventura, y uno de los aspectos más intrigantes y menos estudiados fueron las implicaciones emocionales que suponía viajar con niños durante un tiempo para desprenderse de ellos después, por razones evidentes. Los niños en sí mismos constituyen un misterio. "Salvo su selección y embarque, el tema es prácticamente desconocido", indica Olagüe desde la Universidad de Granada. "Sí, se saben sus nombres, y la nodriza que les acompaña. También los que en México embarcaron para las islas Filipinas. Y poco más. Balmis se preocupó por los niños de manera especial. En México hizo todas las gestiones para que fueran alojados en una residencia adecuada, y no en la casa de expósitos de la ciudad. También se preocupó para que fueran educados correctamente. Muchos de ellos fueron adoptados por familias de México". A pesar de ello, el destino de la mayoría de los niños que hicieron posible la expedición de la vacuna sigue sumido en la oscuridad de la historia.

El periplo asiático de Balmis resulta el más intrigante y misterioso. Llegó a Macao a duras penas, como lo demuestran sus palabras, según la obra del médico y doctor Gonzalo Díaz de Yraola: "La conservación de la vacuna e implorar la misericordia divina fue todo mi conato, sin que el hallarme solo para toda clase de asistencia de los tres niños, ni mi falta de fuerzas, fuera capaz de postrarme". La empresa de vacunación resultó contradictoria: hay fuentes que indican que no tuvo éxito y que apenas pudo vacunar a 22 personas con el apoyo del obispo de Macao, mientras que otras hablan de su logro al establecer la vacuna allí.

Balmis corrió el riesgo de ser secuestrado. En 1805, los piratas chinos se habían organizado en escuadrones bajo un único mando que contaba con 300 embarcaciones. Los secuestros, incluso de extranjeros, el reclutamiento forzoso, y el robo de todo tipo de mercancías llegadas a las costas, fueron moneda común, hasta amenazar el incipiente comercio del sur de China. El marco histórico resulta borroso y fascinante a la vez pues Balmis, agotado, llegó a Cantón con un niño chino y trató de ofrecer la vacuna a las autoridades sin conseguir aparentemente resultados por culpa de las injerencias de la "maquiavélica política de los hijos de Albión", según Díaz de Yraola.

Afirmar que centenares de miles de personas conocieron la vacunación gracias a Balmis podría ser acertado o exagerado. "Probablemente el número es mucho menor, pero ¿dónde poner el límite a un proceso, como la vacuna, mortal antes de la presencia de Balmis, y que gracias a continuas vacunaciones durante años se inmunizó una parte importante de la población de las colonias españolas?", se pregunta Olagüe. "El propio Jenner y otros notables científicos europeos fueron los primeros en reconocer la importancia de la empresa de Balmis".

Ese reconocimiento se diluiría con el paso de los años, tras la muerte de Balmis, en 1819, y persiste hoy día. La explicación hay que encontrarla en la mentalidad de los historiadores de la medicina desde principios del siglo XIX, interesados en divulgar los logros de las ciencias médicas sin ir más allá. Craso error que convierte a Balmis en un héroe en la penumbra de una historia gloriosa y apenas reconocida. Susana Ramírez, doctora en Historia de América de la Universidad Carlos III de Madrid, considera que la campaña de Balmis representa "el comienzo del fin de las viruelas. Ideó una red sociosanitaria que controlaba las epidemias desde las Juntas de Vacuna, establecidas por el territorio hispano hasta después de la Independencia".

En 1977, el mundo quedó oficialmente libre de viruelas, aunque hubo una víctima más en el Reino Unido al año siguiente. En la actualidad, el más espantoso matador de seres humanos de la historia reposa en las neveras de dos laboratorios en todo el mundo, en Atlanta (EE UU) y Rusia. Las autoridades se muestran opacas en detalles sobre las medidas de seguridad. Diversas voces han reclamado la destrucción total de las muestras; otras han pedido que se mantengan por razones de investigación. Este año, la Organización Mundial de la Salud reconsiderará de nuevo la cuestión.

miércoles, 24 de octubre de 2012

El niño que no sabía jugar.

Había un niño que no sabía jugar. La madre le miraba desde la ventana ir y venir por los caminillos de tierra con las manos quietas, como caídas a los dos lados del cuerpo. Al niño, los juguetes de colores chillones, la pelota, tan redonda, y los camiones, con sus ruedecillas, no le gustaban. Los miraba, los tocaba, y luego se iba al jardín, a la tierra sin techo, con sus manitas, pálidas y no muy limpias, pendientes junto al cuerpo como dos extrañas campanillas mudas. La madre miraba inquieta al niño, que iba y venía con una sombra entre los ojos. «Si al niño le gustara jugar yo no tendría frío mirándole ir y venir». Pero el padre decía, con alegría: «No sabe jugar, no es un niño corriente. Es un niño que piensa».
Un día la madre se abrigó y siguió al niño, bajo la lluvia, escondiéndose entre los árboles. Cuando el niño llegó al borde del estanque, se agachó, buscó grillitos, gusanos, crías de rana y lombrices. Iba metiéndolos en una caja. Luego, se sentó en el suelo, y uno a uno los sacaba. Con sus uñitas sucias, casi negras, hacía un leve ruidito, ¡crac!, y les segaba la cabeza.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Samain

Ese vago clamor que rasga el viento
es la voz funeral de una campana:
vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento
que en sucio polvo dormirá mañana.

                                                         Zorrilla.

El niño al que se le murió el amigo.


  Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:

_El amigo se murió. Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.

El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.

_Entra, niño, que llega el frío _dijo la madre.

Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.
      AAna María Matute.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Los idiomas chinos.

Existe confusión acerca de la categorización de los grupos lingüísticos como lenguajes o dialectos, pero generalmente se acepta que existen cinco grupos principales de dialectos dentro del grupo de idiomas chinos. Estos son Mandarín, Wu, Min, Yue y Hakka.
El mandarín es el idioma oficial tanto para China continental (conocida como Pu-Tong-Hua) como para Taiwán (conocida como Guo Yu), a pesar de las grandes diferencias políticas entre ambos países. También es uno de los cuatro idiomas oficiales de Singapur (conocida como Hua Yu). El wu se habla a lo largo de la parte baja del río Yang-Tze y sus tributarios. El shanghainés es una variedad bien conocida del wu.

El min se habla de manera ordinaria con variaciones locales por gente en Taiwán, Fujian y Hainan. En inglés, estas variaciones locales son consideradas dialectos y en ocasiones se conocen como fukianés, kokianés, amoy y taiwanés.


El yue se habla principalmente en la provincia de Guangdong. El yue, incluyendo el bien conocido cantonés (el idioma de Guangzhou -también conocido como Cantón) se habla en muchas partes de la diáspora china, particularmente en Hong Kong y en colonias chinas en el extranjero, en los Estados Unidos, Europa y el Sudeste de Asia. Por esta razón, muchas de las palabras en inglés tomadas del chino tienen su origen en el cantonés, como kumquat del cantonés [kumquat] y chop suey del cantonés [tsap sui].

El hakka es el grupo de dialectos menos conocido fuera de China comparado con los cuatro anteriores. La mayoría del grupo de dialectos hakka está diseminada por todo el sudeste de China en la provincia de Guangxi y las regiones de Min y Yue. Históricamente, el pueblo Hakka vivía en el norte y emigró al sur durante varias generaciones. El nombre Hakka significa "invitado", que indica su estado migratorio en las áreas del sur a donde emigraron.

Hay alguna controversia sobre si existen o no dialectos verdaderos, a causa de que un criterio usado a menudo por los lingüistas no es aplicable a estas variaciones del chino. De acuerdo al criterio de inteligibilidad mutua. Si dos variaciones del habla son inteligibles mutuamente, son dialectos diferentes del mismo idioma, pero si son mutuamente ininteligibles, son idiomas distintos. Los lingüistas hoy en día tienden a referirse a los grupos lingüísticos de los idiomas chinos en vez de dialectos chinos.
¿qué es lo que hace al idioma chino distinto a los demás idiomas? Los tonos del chino hablado presentan dificultades de expresión fonética para una persona que está aprendiendo el idioma. Con sus decenas de miles de caracteres, el chino mandarín cuenta sólo con unas 400 sílabas. Como resultado, un solo sonido puede representar más de 100 distintos caracteres escritos. Los tonos y el uso de sílabas compuestas multiplican el número de sonidos de palabras disponibles. (Por ejemplo, el putonghua o mandarín, el idioma nacional de la República Popular de China, cuenta con cuatro tonos separados y muchos compuestos.) Algunos grupos de idiomas chinos, como el cantonés, cuentan con más tonos y sonidos de sílabas y menos compuestos.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

domingo, 26 de agosto de 2012

Caperucita.

Caperucita fue mi primer amor. Tenía la impresión de que si hubiera podido casarme con Caperucita Roja, habría conocido la felicidad completa

—Charles Dickens
Una pareja de cada animal, pero el lobo se niega a subir al Arca sin Caperucita.
Ciego a los colores, la ropa no significaba nada para el lobo. Pero Caperucita toda olía a rojo.
Leerles cuentos antiguos exige explicar todas esas cosas que definitivamente ya no existen. Qué es un bosque, un lobo, una abuela…
—Nuestro amor es imposible —le dijo Caperucita al lobo—. ¡Eres un Montesco!

José Luis Zárate

domingo, 19 de agosto de 2012

El Alcalde de Oza hizo callar al Rey.

Cuenta la leyenda que en 1857, Isabel II viene a Oza a colacar la primera piedra de la Estación de Ferrocarriles, llovía tanto que el entonces niño ,Alfonso XII, no paraba de llorar. Un hombre vestido al uso gallego del Siglo XIX y calzado con zuecos, tomó en brazos al Infante que inmediatamente se tranquilizó. Era el Alcalde de Oza, de ahí el antiguo dicho de "El Alcalde de Oza hizo callar al Rey".

Arenas de oro.

"

Entre otras valoraciones etimológicas, una de las explicaciones que se da al nombre de Oza es lugar de arenas de oro". Parece también que Corgo (Corrugum), es palabra de origen celta,y  significa "corriente de agua con represas artificiales para limpiar las arenas auríferas".