'Los
hijos del cielo' (Ediciones Martínez Roca), de Luis Miguel Ariza, se publicará
en febrero.
El
16 de septiembre de 1805, un médico alicantino llamado Xavier Balmis logró
llegar a las costas de Macao en un frágil junco chino con tres niños huérfanos
en sus brazos, que contenían en sus cuerpos una valiosa vacuna contra las
viruelas. Balmis, que ya superaba los cincuenta, se había salvado de milagro.
El barco portugués de alquiler que le condujo hasta aquella penúltima etapa de
su largo viaje había sido destruido por un tifón, llevándose la vida de 20
hombres. Pero la voluntad de hierro de Balmis le permitió seguir adelante hasta
el final. "En el momento, arrostrando los eminentes riesgos de piratas y
ladrones chinos que inundan estos mares, verifiqué mi desembarco en una pequeña
canoa, llevando en mis brazos a los niños, con lo que aseguramos nuestras vidas
y la preciosa vacuna", escribiría después en una carta. Habían
transcurrido casi dos años desde aquel 30 de noviembre de 1803, cuando partió
del puerto de A Coruña a bordo de la corbeta María
Pita con un sueño: viajar alrededor del mundo para hacer llegar la
vacuna contra la viruela, la enfermedad que más seres humanos ha matado a lo
largo de la historia, a las colonias españolas del Nuevo Mundo, cruzando
después el Pacífico hasta el continente asiático.
El transporte de un fluido tan delicado como la
vacuna de un continente a otro, en penosas travesías marinas que duraban meses,
sin electricidad para mantener la cadena del frío, se antojaba insuperable. Y
sin embargo, Balmis lo logró, sirviéndose de un centenar de niños huérfanos;
sus cuerpos funcionaron como correas de transmisión y llevaron la ansiada
vacuna alrededor del mundo hasta alcanzar el misterioso continente chino.
La historia de su expedición, mezcla
perfecta de filantropía y militar, está llena de éxitos y tragedias, de
dificultades y enfermedades, de incomprensión y de peligros, y de pérdidas
irremediables. En el viaje de partida de A Coruña hasta Puerto Rico, Balmis
embarcó a 22 huérfanos, de los que murieron dos, Tomás Metitón y Juan Antonio,
de tres y cinco años. El doctor llegó en poco más de un mes a Puerto Rico,
perdería una vida más durante su viaje al Caribe, hasta llegar a Venezuela,
Cuba, Yucatán, México y Filipinas, para después arribar a Macao y Cantón antes
de regresar a España. Pero su expedición se había partido en dos al alcanzar el
Nuevo Mundo.
El
subdirector de la expedición, el cirujano José Salvany, prosiguió las labores
de vacunación en el continente suramericano, recorriendo toda la cornisa
occidental de Suramérica. Murió enfermo en Bolivia (la antigua Cochabamba)
después de perder un ojo, siete años después, en 1810. En tiempos de guerra con
Inglaterra, Balmis y sus hombres tuvieron que hacer frente a los peligros de
los piratas, los naufragios y temporales, a soportar que sus niños fueran en
ocasiones abandonados en hospicios, orfanatos y hospitales por culpa de la
incomprensión de los políticos, así como de los prejuicios de los religiosos,
que se oponían a la vacunación.
El
uso de huérfanos como correo
resultó una idea tan ingeniosa que incluso hoy en día sorprende a los expertos.
Charles Arntzen, investigador pionero de la Universidad de Arizona que explora
nuevas formas de vacunas biotecnológicas inyectadas en alimentos y plantas para
superar la cadena del frío, lo considera una "idea fascinante" para
la época. Los niños de corta edad resultaban idóneos ya que la vacuna prendía
en ellos con más facilidad; con una lanceta impregnada del fluido se les
realizaba una incisión superficial en el hombro, y unos diez días después
surgían un puñado de granos -los granos vacuníferos- que exhalaban el valioso
fluido antes de secarse definitivamente. Era el momento de traspasar la vacuna
a otro niño. Balmis vacunaba dos niños cada vez para asegurarse de que esta
cadena humana no se rompiera. De esta forma, los niños suponían el auténtico
motor de la expedición, la "gasolina" que hacía avanzar la empresa.
"Su expedición es la más importante aportación española a la historia de
la salud pública", asegura Guillermo Olagüe, catedrático de Historia de la
Ciencia de la Universidad de Granada.
El
enemigo a batir era el más terrible de todos. Bautizada como "el peor
ministro de la muerte", un rápido vistazo a los estragos de la viruela
ilustran el enorme calado de la aventura emprendida por Balmis. El virus se
cebaba fundamentalmente en niños menores de diez años, aunque atacaba a
cualquier edad. Muchos de los que sobrevivían -su mortalidad era del 30%-
quedaban ciegos y con rostros marcados de por vida. Una forma más rara producía
hemorragias y era tan letal como el Ébola, matando al 90% de los infectados.
Las
viruelas han escrito episodios catastróficos en una película de terror que
empezó hace 12.000 años, a juzgar por algunas especulaciones que sitúan la
aparición del virus en algún punto de África o India; una cuarta parte del
Ejército ateniense en el año 430 antes de Cristo, en su lucha con Esparta, cayó
bajo su guadaña; entre tres y siete millones de romanos murieron por su culpa
en los primeros días del imperio. Cuando los conquistadores españoles dirigidos
por Hernán Cortés trajeron inadvertidamente el mal al imperio azteca en 1519 el
virus produjo una carnicería, acabando quizá con la mitad de la población
azteca -estimada en treinta millones- en apenas unos meses. Incluso en la era
moderna, en pleno siglo XX, las viruelas mataron a 300 millones de personas.
Poco
más de siete años antes de la partida de la expedición, en julio de 1796, el
médico inglés Edward Jenner había observado que las vaqueras quedaban
protegidas del mal al desarrollar en sus manos unas pústulas benignas cuando
ordeñaban a las vacas infectadas por las viruelas vacunas, y comprobó el hecho
en un muchacho. La "vacuna" fue el hallazgo más importante quizá de
la medicina. En palabras del catedrático Olagüe, "se extendió como un arma
preventiva por Francia, España e Italia". Sin embargo, centenares de miles
de personas sucumbían en las colonias españolas del Nuevo Mundo y otros muchos
lugares donde el remedio no llegaba con la necesaria urgencia, o en malas
condiciones, atrapado entre cristales. Se pensó incluso en embarcar las vacas enfermas.
Pero Balmis, cirujano honorario de cámara de Carlos IV, propuso ingeniosamente
el uso de huérfanos y el rey dio su beneplácito. La Real Expedición
Filantrópica de la Vacuna se puso en marcha.
Pero el problema logístico era pese a
todo de un calado enorme. Los niños, una vez vacunados, ya no podían emplearse
de nuevo en la cadena de transmisión, por lo que, en cada nueva etapa, Balmis
se veía obligado a reclutar a más de ellos. ¿Qué padre de familia prestaría a
su hijo para una empresa así? El único recurso era buscar expósitos en las
casas de huérfanos, y aun así las dificultades eran grandes. Para alcanzar el
puerto de Sisal (Yucatán) desde Cuba, Balmis tuvo que comprar tres esclavas
negras y un niño tamborilero, a razón de cincuenta pesos cada uno. Y en el
viaje rumbo a Filipinas, con 26 niños vacuníferos y la rectora Isabel de
Sendales (que le acompañó hasta esta etapa), los pequeños tuvieron que soportar
durísimas condiciones, tirados en el suelo, "con grandes ratas que les
atemorizaban, y golpeándose unos a otros con los vaivenes", según los
registros.
Balmis
no escribió ningún diario sobre su aventura, y uno de los aspectos más
intrigantes y menos estudiados fueron las implicaciones emocionales que suponía
viajar con niños durante un tiempo para desprenderse de ellos después, por
razones evidentes. Los niños en sí mismos constituyen un misterio. "Salvo
su selección y embarque, el tema es prácticamente desconocido", indica
Olagüe desde la Universidad de Granada. "Sí, se saben sus nombres, y la
nodriza que les acompaña. También los que en México embarcaron para las islas
Filipinas. Y poco más. Balmis se preocupó por los niños de manera especial. En
México hizo todas las gestiones para que fueran alojados en una residencia
adecuada, y no en la casa de expósitos de la ciudad. También se preocupó para
que fueran educados correctamente. Muchos de ellos fueron adoptados por
familias de México". A pesar de ello, el destino de la mayoría de los
niños que hicieron posible la expedición de la vacuna sigue sumido en la
oscuridad de la historia.
El
periplo asiático de Balmis resulta el más intrigante y misterioso. Llegó a
Macao a duras penas, como lo demuestran sus palabras, según la obra del médico
y doctor Gonzalo Díaz de Yraola: "La conservación de la vacuna e implorar
la misericordia divina fue todo mi conato, sin que el hallarme solo para toda
clase de asistencia de los tres niños, ni mi falta de fuerzas, fuera capaz de
postrarme". La empresa de vacunación resultó contradictoria: hay fuentes
que indican que no tuvo éxito y que apenas pudo vacunar a 22 personas con el
apoyo del obispo de Macao, mientras que otras hablan de su logro al establecer
la vacuna allí.
Balmis corrió el riesgo de ser
secuestrado. En 1805, los piratas chinos se habían organizado en escuadrones
bajo un único mando que contaba con 300 embarcaciones. Los secuestros, incluso
de extranjeros, el reclutamiento forzoso, y el robo de todo tipo de mercancías
llegadas a las costas, fueron moneda común, hasta amenazar el incipiente
comercio del sur de China. El marco histórico resulta borroso y fascinante a la
vez pues Balmis, agotado, llegó a Cantón con un niño chino y trató de ofrecer
la vacuna a las autoridades sin conseguir aparentemente resultados por culpa de
las injerencias de la "maquiavélica política de los hijos de Albión",
según Díaz de Yraola.
Afirmar
que centenares de miles de personas conocieron la vacunación gracias a Balmis
podría ser acertado o exagerado. "Probablemente el número es mucho menor,
pero ¿dónde poner el límite a un proceso, como la vacuna, mortal antes de la
presencia de Balmis, y que gracias a continuas vacunaciones durante años se
inmunizó una parte importante de la población de las colonias españolas?",
se pregunta Olagüe. "El propio Jenner y otros notables científicos europeos
fueron los primeros en reconocer la importancia de la empresa de Balmis".
Ese
reconocimiento se diluiría con el paso de los años, tras la muerte de Balmis,
en 1819, y persiste hoy día. La explicación hay que encontrarla en la
mentalidad de los historiadores de la medicina desde principios del siglo XIX,
interesados en divulgar los logros de las ciencias médicas sin ir más allá.
Craso error que convierte a Balmis en un héroe en la penumbra de una historia
gloriosa y apenas reconocida. Susana Ramírez, doctora en Historia de América de
la Universidad Carlos III de Madrid, considera que la campaña de Balmis
representa "el comienzo del fin de las viruelas. Ideó una red
sociosanitaria que controlaba las epidemias desde las Juntas de Vacuna,
establecidas por el territorio hispano hasta después de la Independencia".
En
1977, el mundo quedó oficialmente libre de viruelas, aunque hubo una víctima
más en el Reino Unido al año siguiente. En la actualidad, el más espantoso
matador de seres humanos de la historia reposa en las neveras de dos
laboratorios en todo el mundo, en Atlanta (EE UU) y Rusia. Las autoridades se
muestran opacas en detalles sobre las medidas de seguridad. Diversas voces han
reclamado la destrucción total de las muestras; otras han pedido que se mantengan
por razones de investigación. Este año, la Organización Mundial de la Salud
reconsiderará de nuevo la cuestión.
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